A partir de aquí las listas no existen.
Me truena el esternón cada vez que pienso en la forma de tus lágrimas mezcladas con las mías. ¿Podemos ir más allá de la ironía de la terquedad? ¿Podrías responderme?
Antes de irme me topé con un librero sabio, los libros que lo ocupaban me dijeron que tú eres el autor de las "últimas llamadas" y que aunque mi esternón truene mil, dos mil, tres mil veces, las oportunidades que nacieron de ti para mí fueron desechos cuando el polvo de tierra que nos rodeaba causaron la falta de oxigenación que nuestro cerebro necesitaba para considerarnos nuevamente un par de barroquistas queriendo implementar lo romanticista, y ahora que ambos esternones (el tuyo, el mío) truenan y explotan pero jamás dicen nada, concluyen biológicamente que jamás dirán nada.
Pero no importa, desde el momento en que nos dejó de doler la indiferencia subjetiva, el esternón puede explotar diariamente, sin penas ni dolores, ni consecuencias.
Desde que fuimos nosotros, como individuos oponentes, hemos enfrentado lo que nunca quisimos prometernos, desenmascaramos lo que realmente quisimos desde el mismísimo momento que vimos los ojos con los ojos, el enojo con el enojo y la realidad con la realidad.
You see, I don’t exist. The scientific explanation would be too complex to redact in a certain paragraph of a drunk mind full of questions and theories.
I can love and I can’t forget that you, only you were the creator of my existence every once in a while. Every rejection you made me act, every kiss, every hug, every sickness and madness.
You created me. Now I’m taking my own body, soul and memories.
And all viceversa.
I created your morning sadness, your hopeless hoping, your love lie. I created the disappearance of our linked beating hearts.
Whatever. I’m drunk.
Todos los días, despierta, no puedo evitar no dejar el razonamiento de qué sería algo hermoso por definir acerca de éstos sentimientos que empiezan por no terminar.
Despierta, camino en el frío donde mi cuerpo, congelado, sigue caminando hacia algún tipo de destino que lleve hacia donde tus manos y vida se encuentran.
Todos los días busco las palabras más descriptivas para poder declarar que sin ti, la existencia del sentido se hace menos válido pues por más que nos definan, por el momento, unas pantallas y unas palabras, el día que llega para mirarte... desengaña mis miedos y frustraciones.
Cuántas veces he muerto por querer decirte que te amo, que si en un instante pudiera, iría y te trataría con fragilidad, porque en eso nos hemos convertido; en frágiles criaturas que pudiesen terminar con una fractura emocional. Pues así ha sido desde que nos hemos querido.
¿Qué cabe en el tiempo que se ha transcurrido?
¿Memorias? ¿Soluciones? ¿Olvidos?
A veces no hay algo especial que me lleve a tomar el más remoto interés hacia lo que me has compartido, o me has dado. A veces, no tiene ningún sentido respirar mientras hablas o escribes; no tiene ningún sentido respirar mientras esperas o piensan. A veces, es mejor caer al río, lago o mar y dejarte ahogar por el tiempo.
¿Recuerdas cuando teníamos doce años? No quería conocer a nadie. No existía en primero de secundaria, no quería. Y aún así, el chico del salón de en frente le enviaba chocolates, diciéndole que lo quería sin conocerlo. Y aún así, quería formar parte de los que se iban y volvían, de los que respondían y callaban, de los que volaban y corrían.
Quería sentirme de dieciséis, tener cabello verde o azul o morado. Quería querer y amar, y a la vez, quería ser nada alrededor de quienes importaban.
¿Qué cabe en el tiempo que se ha transcurrido? Pregunto.
¿Memorias? ¿Soluciones? ¿Olvidos?
A veces no hay algo especial que me lleve a tomar el más remoto interés hacia lo que me has compartido, o me has dado. A veces, no tiene ningún sentido respirar mientras hablas o escribes; no tiene ningún sentido respirar mientras esperas o piensan. A veces, es mejor caer al río, lago o mar y dejarte ahogar por el tiempo.
¿Recuerdas cuando teníamos doce años? No quería conocer a nadie. No existía en primero de secundaria, no quería. Y aún así, el chico del salón de en frente le enviaba chocolates, diciéndole que lo quería sin conocerlo. Y aún así, quería formar parte de los que se iban y volvían, de los que respondían y callaban, de los que volaban y corrían.
Quería sentirme de dieciséis, tener cabello verde o azul o morado. Quería querer y amar, y a la vez, quería ser nada alrededor de quienes importaban.
¿Qué cabe en el tiempo que se ha transcurrido? Pregunto.
Autorretrato
Dime que no existo. Dime que de aquí al cielo todo vuelve a una coincidencia atmosférica entre una irrealidad.
Tienes un rasguño en tu ojo izquierdo, el mío se encuentra en el derecho; somos todo lo contrario, todo lo adversario. Ni perdón, ni recuerdo. Ni dolor, ni premio.
Somos un reflejo de un amor desnutrido, mírate. Mírate bien.
Nuestro pulgares encajan como un anillo al dedo; juntos con nuestra esbelta mano formamos un puño y quebramos nuestra reverberación. ¿Quiénes somos para entendernos? ¿Quiénes somos para destruirnos?¿Quiénes somos para huir de lo que no se puede huir?
Yo soy tu derecha, a veces tu izquierda y así sucede en viceversa. Nuestra voluntad no es lastimar sino emprender la búsqueda del hallazgo a una dicha persistente, cosa que podría efectuarse si no permaneciésemos observando nuestros ojos color marrón; esos que te dicen que estás mal, que no deberías, que desvanezcas.
Levanta los vidrios de tu reflejo y reconstrúyelo, mírate de nuevo. Mírate bien. Una vez reconstruida, sella las grietas con oro, porque es el sofocante recuerdo del constante cambio de una irrealidad a una realidad.
Garganta Enferma
Me he suicidado en tu cumpleaños, cariño mío. O al menos es lo que mi mente ha pensado.
¿Sabes? Sabes muchas cosas, efectivamente. El cuestionamiento de la búsqueda particular de una felicidad homogena y proporcional siempre resulta en un resfrío emocional o si bien se puede decir en un bisonte mal herido, sin fuerzas y sin naturaleza. La humanidad tiene miedo a un después, a una visión más allá que un corazón latiendo, tiene miedo a lo extraño y extranjero del ojo humano, no confronta riesgos más allá del trance y limita la búsqueda de esas mentes externas.
Todos son como aquellos individuos ególatras y petulantes; me recuerdan a sus deseos de verme afligida y jorobarme hacia la postración (y e aquí la ironía sobre la egolatría y la petulancia).
Me recuerdan a cuando escribí una pequeña nota en mi post-it amarillo: “No tengan tanta presencia, ustedes no son mis razones para pensar en el suicidio”.
Cada uno de ustedes me recuerdan un día en el cerro de la Cruz, con mucho viento, imaginando alegría; me recuerdan a las palabras, acciones, momentos, decisiones, molestias, pérdidas, felicidades que aún no me he perdonado.
Si hablásemos en plural, todos te anotan por una individua majareta, pero si hablásemos en singular, existiría el hallazgo de la percepción.
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