Soltar El Día En El Que Se Toma La Decisión De Escribir Un Título Tan Largo Como Este, Con Mayúsculas A Lo Absurdo


Encuentro mi persona aquí (...o fuera), mi cuerpo como objeto no tiene frío;



pero mis manos,
mis manos se congelan. 

No se tiene que recapacitar dos veces para percatar que la mente tiene dos lados

Uno: Donde se abren los ojos

Dos: Donde se cierran

Suelto el día en el que se toma la decisión de escribir un título tan largo como ese, con mayúsulas a lo absurdo. 
Recuerdo los días azul claro, cada paso en pantuflas que ella daba para llegar a su pequeño monedero de viejita. Me compró nieve del camión de paletas, más de mil veces, seguramente. 

Y aún así creo en que mis recuerdos son ficticios. Que mi cuerpo y vida es ficción. ¿Acaso he sustentado siete mil trescientos días de puras venturas espectrales?
Mi juicio se atemoriza por las noches, a veces creo que mis palabras son un tipo de tisú que acaricia el motivo de abandono y que cada lágrima caída al suelo es un espectáculo del calvario humano. El convite de la existencia es brindar el veredicto del ocaso que dictamina cuán contradictorio es respirar cuando todo sobrelleva a la infamia de pretender olvidar a tu mejor amiga, o al afecto de aquel lastimado, o al mismo presente.  
No me encuentro en otro País, no me encuentro en México, no me encuentro en China, Finlandia, Bélgica, Francia o Nueva Zelanda.
No me encuentro en ningún lado.

Grab a gun and shot me in the face

Grab a gun and shot me in the face.
Grab a gun and shot me in the face.
Grab a gun and shot me in the face.
Grab a gun and shot me in the face.
Grab a gun and shot me in the face.
Grab a gun and shot me in the face.
Grab a gun and shot me in the face.
Grab a gun and shot me in the face.
Grab a gun and shot me in the face.
Grab a gun and shot me in the face.
Grab a gun and shot me in the face.
Grab a gun and shot me in the face.
Desde que le mencioné que las playas son mis santuarios de reflexión, esos lugares se han convertido en purgatorios eternos. No quiero ser posesión. Sé muy poco de lo que recuerdo, como la noche que juzga mis egoísmos. Es como correr pensando que eres feliz, y tu cuerpo mata por explotar  tristezas. 

¿Pero qué habríamos de saber sobre la amistad entre un oso café y un pez?
Solamente sé defraudar mis venturas. Solamente entiendo el deseo de desaparecer tras una lluvia eterna, bajo la luz de un sol ocultándose en el lago más grande del mundo. He cerrado las puertas por mi cuenta. 

¿Cuándo dejará la tristeza de trabajar?



Todos terminamos con sortijas en las manos... de los menos esperados y es que pues aún existe la visión en recuerdos no olvidados; somos veneno terminal que incomunica lo posible de lo inexistente, como también somos las cartas de Kafka a Milena y de Milena a Kafka. Somos los ciegos confiando del tacto, las muertes de ambas guerras mundiales. Somos la leyenda del hilo rojo que adopta la metáfora de adoptar pasión por la nostalgia y la melancolía. Somos una lista del mandado, que siempre olvida el ingrediente indispensable; somos la pérdida del tiempo, que se va esfumando al espacio. Somos el finito de una obra clásica obrada con pequeños y diminutos errores. 
Somos un campo de concentración, una injusticia, un desfortuno, una pena, un funeral, un luto, un pobre sin zapatos, un problema.
Somos vida muerta.
   


He estado leyendo Cartas a Milena, y creo que me deprimí.