Me gusta el ver que hay ojos grises, como grises que hay café, pero como hay café, hay balance... balance imposible de escoger.


Pero aquí andamos en la vigilia de ésta noche morriña… Donde los recuerdos no son de la vida, sino de la muerte; que al final de cuentas más que irrealidad es lo que siempre ocupará como coetáneo cada tiempo vivido.
La reminiscencia está aquí, en el hoy y en la posteridad. Los ciclos, solo son ciclos; el suplicio solo es una fracción del tiempo, tiempo que por partes relegan a las remembranzas malaventuradas.
Somos individuos que no sabemos vivir sin pesadumbres, pero con propósitos que encuentran siempre regocijos, siendo así la excusa exacta para camelar la fatalidad de un hombre pernicioso que abate la lucha constante de algo auténtico.

Qué objetivos hay en una sociedad específica, en este caso la sociedad de una familia. Somos como orugas o larvas que están a punto de transformarse para maniobrar, donde nos detiene la etapa del prepucio para discernir lo que pudiese ser lo errata del mañana, ya que el pretérito nos lo dice todo.
No es que lo absoluto nos convierta en humanos, porque quién es quién para decir que realmente somos algo. Quién es quién para manifestar que mónadas como nosotros coexistimos. No me den razones de Dios, tampoco me den razones metafísicas, ni razones que aludan a la vil palabra “amor”; no me den versos, verbos, adjetivos, no me den vocablos que ya existen.
He habitado dos meses fuera del nido, he abierto un poco más el prepucio verde, baboso. He estado ausentándome no sé si de la realidad o de la inexistencia, pues a veces los pensamientos del interior causan barahúnda en lo que una persona de mi era, de mi etapa quizás no deberían tener; o quizás es por lo que se deben transitar.
Yo no me extraño en lo absoluto, mi metamorfosis seguir su proceso.
El que ha enseñado a besar a puntas de pie, tiene por seguro el corazón de una dama que es impertérrita y pavorosa a sentir.

Axioma


Tú, soñadora de pensamientos raciocinios; que vuelves loco loco a aquel pobre que ya se encuentra majareta.
Tú, hombre caucásico; que con tus aperturas del iris provocadas por aquellas veces que aspiras compañía, se muestran indiferentes después de ciento sesenta y ocho horas de aquel ósculo, que junto con esa palma izquierda palpaban el talle y el momento de gravitación; que ligado a ese periquete unificaban entre orilla y orilla aquella manta de seda color marrón.
Tú, que entre noche y noche indagabas resoluciones, no percatabas de que entre día y día había un camino que os mostraba una solución.
Tú, que entre chirigota y chirigota indagabas tentación, no percatabas de que entre prosopopeya y prosopopeya había un una chispa que os mostraba una nueva predilección.